viernes, 23 de enero de 2009

¿Y si el revés fuera un sueño?

Cuando todavía existía, o mejor cabría decir, sobrevivía, el añorado "Café Inglés", de mi añorada también Calle Larga, tuve la fortuna de entablar una seria amistad, entre cafés irlandeses, discos de Velvet Underground o Pink Floyd o Bruce Springsteen o ya de plano con el mismísmo Bob, entre papas fritas a la inglesa y tableros de ajedrez inacabables (si me permiten el adjetivo), con una gama variopinta de estadounidenses cuya cultura oscilaba entre la "mucha" y la "genial" que, más que enseñarme sus trucos, me enseñaron cómo inventar los míos. Eso es algo que no se ha repetido con la frecuencia que quisiera en mi vida. He encontrado gente apetecible -sobre todo mujeres- que me han dejado con ganas de aprender de qué trata el juego este que es vivir; pero conocer como conocí a mis entrañables Bill, Jeff o Eric, no he consumado desde entonces.
He vindicado el nombre estadounidense en más de un estadio, en más de un estado, y si lo he hecho ha sido porque he llegado a descubrir maravillas entre maravillas fabricadas, ideadas, consumadas por estetas y antiestetas dignos de nos ser llamados así nunca jamás de los jamases. No quiero con esto decir que no hay un gran porcentaje de personas de esa enorme nación que han perdido su individualidad hasta convertirse en fáciles copias y aun plagios entre ellos, errabundos comedores de carne precocida y masticadores insaciables de los mismos ingredientes estupidizantes. Es cierto que tienen la fuente de la idiotez humana contemporánea, pero como en toda época, aquella nación o estado o imperio que prevalece es el que a su vez promueve las mayores perdiciones y bajezas. Parafraseando a Bergier, las grandes industrias, los grandes inventos, los sabios surgen a la par con los inmejorables infames, los perfectos viles y nefastos hombres, los más torpes. Claro, cada vez los límites se abren. Hay más insulsos, bárbaros, y menos sabios y genios. Pero estos genios y sabios saben más que sus predecesores. Huelga interrogarse, sin embargo, si éstos podrán algún día ser tan viles como Yago o Ricardo III, o tan excelsos y entrañables como su ideador.



Empezaré por la literatura, o como le gustaría a Eliécer Cárdenas, "las literaturas", porque sí, son mi dilecto. Aunque para ser honesto, ya empecé esta apología por la parte amical, que simula, muchas veces, ser la parte sentimental (perdonen la franqueza).

Podría recobrar para este compendio a nombres como Edgar Allan Poe o Ralph Waldo Emerson, o quizá incluir al gran y ubicuo Walt Whitman, una de las voces preeminentes, históricamente, estéticamente hablando, obviamente. Podría recordar a Ahab y su obsesión por la ballena, podría referirme a uno de mis héroes personales, Philip Marlowe, tanto el de los libros de Raymond Chandler cuanto las interpretaciones, que siempre me devuelven a un paisaje sombrío donde un hombre brilla y da brillo a su sequedad que no es tal, de ese inmejorable Humphrey Bogart en "El sueño eterno". Pero me limitaré a las tres obras que han marcado pauta, quizá inicio y final, en la literatura contemporánea estadounidense.

La subasta del lote 49 es no sólo la gran obra maestra del inaccesible Thomas Pynchon, es también uno de los ejemplos más claros de ese fenómeno mundial llamado posmodernismo que, aunque opuesto al funcionalismo o al racionalismo, todavía es difícil de entender. Tal vez tenía razón Umberto Eco cuando le preguntaron qué es el posmodernismo y él respondió, "No sé, y excatamente eso es el posmodernismo"...

Pues bien, The crying of lot 49 refunda, de una manera indirecta -tal como debe ser fundado o refundado todo movimiento intelectual o artístico- la idea de una trama sin trama y carencia absoluta de final determinativo, dejándonos, a la postre, solamente la posibilidad de disfrutar de lo que en esencia es, una pieza maestra de un genio hermético, eremita, que escribe por escribir y no por gustar o por aconsejar, que deambula entre palabras, o entre las líneas de sus textos, congratulándose con lo que hace, equilibrista del propio arte que él mismo ha impuesto, o, mejor, que él mismo "se ha" impuesto". Tal como lo logró Shakespeare o el bardo Dylan o quizá (y me atrevo) el propio Jesucristo, no hay que explicar nada en lo absoluto, hay que vivir y a las cosas que hay que sacarles provecho, pues hay que sacarles provecho, porque para algo están. Preexisten, diría Albert Einstein, por una finalidad, y esa finalidad debe ser no solamente tomada en cuenta, debe ser explotada. ¿Para qué están nuestros ojos sino para ver? ¿Qué desperdicio fuera tenerlos en buen estado y no usarlos? Sé que esto contradice notablemente a mis renglones anteriores con respecto a aquello de no dar consejos, pero así es y no hay cómo contradecir a las verdades que son más grandes que el hombre e incluso que ese cielo que nos observa.

Tal vez el único aporte auténtico o acaso original del posmodernismo, inaugurado en la Barcelona de ángeles caídos, de manera especial en su arquitectura, sea la imposibilidad de una interpretación masiva -si tal simiedad existe-, y la opción absoluta para el deleite, para el uso. ¿Qué carajos quiere decir quien cuenta que se ha lastimado; qué aquél que dice que ama?



En cine podría hablarse de una gama muy amplia de filmes artísticamente aceptables y algunas joyas que han regado por diestra y siniestra. Es cierto que la mayor producción cinematográfica es hollywoodense y, lo peor, de plano malas películas de Hollywood, las cuales, incluso por higiene, conviene no citar. ¿Para qué invertir el tiempo en cosas que no nos agrada? ¿Para qué injuriar si con eso podemos agredir susceptibilidades? ¿Para qué procurar el daño a los demás? Si algo no nos gusta, dejémoslo pasar, que sean palabras que se las lleva el viento hacia oídos aptos para escucharlas, imágenes que darán vida a otras almas, que las justificarán, que las mejorarán, que las matarán. La crítica, según mi opinión, debe centrarse en hallar las cosas buenas y a las malasa acallarlas con el silencio propio. Sólo entonces el hombre crecerá o será "la voz que clama en el desierto", la que desmadeja, la que se vuelve retruécano del vício, aunque sea vício; antípoda del dolor, aunque provoque dolor; solución al amor, porque sería amor, y sólo el amor apaga al amor.

Citizen Kane es considerada una de las películas más trascendentales e influyentes del cine. Su realizador, Orson Welles, la imaginó tal cual la concibió, siendo él el director, el actor principal y, digamos, co-guionista (aunque esto es bastante oscuro por el celo propio de los escritores -¡díganmelo a mí!).

Orson Welles:

http://www.youtube.com/watch?v=5hGgUQ9zbIk

Realizar una sinopsis, entre tantas, resulta irrelevante y aun una suerte de insulto para el entendido lector de esta crónica. Más importante es el espíritu mismo, rebelde y transgresor, de "Ciudadano Kane"... Ni qué decir acerca de la vida real del empresario hijo de bancos, propietario de la cadena más importante, durante finales de los 40`s, de prensa gráfica y radial, pretendiente de la Casablanca, esposo de una esposa de todos y un empedernido fracasado vivencial, absorto en sus citas con Chaplin o senadores o las Dietrich. Tampoco caeré en la tentación de explicar pormenores técnicos -quiero decir, lacónicos- de una obra que también varió la técnica del acercamiento de cámara o incluso del primer plano. Lo que sí remarco -siempre- es la maravilla del juego de sombras y luces, especialmente en el inicio de la rama, cuando apenas acuerdan averiguar el significado de esa última y sentenciosa palabra de Charles Foster Kane: Rosebud. Palabra, por lo demás, de la cual también se podría hablar y mucho; aquí sí desde un punto de vista psicológico y aun dramático. ¿Cómo no hallar símiles entre este personaje acontecido o acongojado por la desdicha de no hallar su regreso a casa, y el hamletiano dilema con la calavera que no sabe responder? ¿Cómo no recordar a un Proust que en "En busca del tiempo perdido" escarba en su memoria y el recuerdo frenético y vertiginoso de su madre subiendo, día tras día, o mejor sería decir noche tras noche, a darle el beso de las buenas noches, y descubrir, ya en la vejez o senilidad, que es lo único que habría podido hacerlo feliz?..., por decirlo de una manera.

Yahvé, en su omnisapiencia, cede ante Luzbel y le permite exagerar con Job. Todo creador, ante su creación, debe cederle epacio para que se manifieste, ya sea en la locura o incluso, lo cual es desmedir términos, en la cordura. Ya sea en el sueño o en la vigilia. Ya sea en el acto como en la intención, en lo que se deja de hacer como en lo que se sabe que se debe dejar de hacer. La actuación es indispensable para que la diafanidad dialéctica de la vida (pido disculpas a los puritanos por estas terminologías excesivas; también por a veces omitirlas voluntariamente).

No, me referiré, por hedonismo y ansiedad, a la metafísica del filme que en mi opinión muy humilde, es el mejor que he visto.

El humo final, culmen de la belleza excéntrica norteamericana, dejo a su vez de la aristocracia británica victoriana, sobre todo de a finales del siglo XVIII, muestra cómo los sueños pueden esfumarse, a pesar de que éstos se hayan cumplido sin tregua durante la vida. Muestra, asimismo, que la vida es sólo un paso para la muerte, que por más que busquemos en los espejos nuestros looks de ser hermoso sólo hallaremos abriles marchitos y en los ojos de nuestros cónyuges, al envejecido Dorian Gray, no al que no ha crecido, sino al que ha fenecido.

La magia verdadera de una obra se mide en el silencio que existe entre la reverencia y el aplauso multitudinario.

Tras la recesión, una seguidilla de escritores empezaron a demostrar que la frase de Pablo Picasso "los genios surgen de las guerras o los problemas masivos" era una verdad innegable. Surgieron talentos como Tennesse Williams o John Steinbeck, también poetas de la talla de un Wallace Stevens o un Thomas Stearns Eliot. Luego de ellos, o de su legado, adoptado de la gran novela estadounidense de finales del siglo XIX, y de la grandiosa voz poética y democrática de Whitman y sus Hojas de hierba, aparecería William Faulkner, considerado uno de los mejores novelistas de todos los tiempos que resquebrajó para mejor recomponerlos los esquemas de la novela, casi al nivel de James Joyce, o emulándolo, con logros estéticos tales como "El sonido y la furia", "¡Absalón, Absalón!" o "Luz en agosto", ejemplos de la vida misma al borde del Mississippi, en ese barrunto imaginario llamado Yocknapatawpha County. Sin embargo todas esas maravillas novelísticas, lo que ha elevado a Faulkner a un primer plano, casi para ser considerado el mejor novelista contemporáneo, es su pieza clave "Mientras agonizo", título substraído de la Odisea homérica. La historia de una familia sureña estadounidense, monologada por los integrantes de la misma, sobre los avatares que deben sufrir para un cambio real, un cambio sin parangón, un cambio en el ánima, en las costumbres, en el ser. Una obra cruda, pero fantástica; un logro imaginario y lingüístico que viaja por nuestras venas como Ulises lo hizo por el Estigia hasta llegar a la Estigia.

Nunca será recomendable referirse a una pieza de este talante con adjetivos desmedidos, el mismo autor los habría despreciado, como digno lector que fue. Deviene pues crear un artificio mental del estado en el cual queda uno después de leerla, después de entender que las calamidades de la vida no se agotan, más bien se agitan, se revuelven y como en un sorteo de lotería babilónica, nos toca perder un dedo o ser rey por un día.

Quijotes y dulcineas han recorrido las líneas de la literatura universal desde ese 23 de abril de 1616. Lo mismo los romeos, los hamlets, los yagos y los shylocks. Shakespeare (o su destino) demostró que quienes venían después estaban equivocados, al decir que no todas las líneas pueden ser obra de arte. Sobre todo Henry James y Gustave Flaubert y Jean-Paul Sastre. William Faulkner, hacedor de historias disímiles, y que dejó dicho que tecniquear la literatura es volverla sosa e incolora, se aunó al bardo, a Borges, a Rimbaud,a Joyce y a Chesterton, para demostrar que todas las páginas pueden ser memorables, que el sonido de la pradera puede modificar incluso las líneas de nuestras manos hasta tornarnos verdaderos hijos de la Tierra, Autóctonos que, sometidos a la rotación inversa del cosmos podemos, indiferentes, pasar de la vejez a la niñez, de la madurez a la nada, ignorando el pasado y recordando el porvenir. Sí, una obra de arte es escrita por una mano que la quiere escribir pero que no sabe que la está manufacturando.

Compuscrito lo anterior, releído, me doy cuenta que es cierto aquello de "cuando hagas algo grande, los demás creerán que no has hecho nada", o "vete, busca alguien que te dé lo que yo no te di, aunque te lo haya dado todo".



Héroe, quizá el último auténtico héroe norteamericano, Bruce Springsteen nos ha enseñado que se puede respirar de la música. De su música.

Quizá sea su voz, que no parece ser voz de ningun cantante, más urgido de un foniatra que un público bizco que se impone presbicia, por su defecto. Pero no, Springsteen, desde hace más de 30 años viene cautivando al mundo con sus melodías duras pero sensibles, lo que nos recuerda con frecuencia a un Humphrey Bogart, casi en cualquiera de sus interpretaciones. Esa personalidad, ese caudal de entusiasmo que se lo evidencia en su voz, en sus actuaciones en público e incluso en sus vídeos, a su vez nos entusiasman. Thomas Carlyle, maestro indirecto de Ralph Waldo Emerson y promotor, también indirecto, del germanófilo estigma llamado nazismo, dejó dicho, con caligrafía inmejorable, ", lo escrito con la inteligencia, llega a las cabezas, a las inteligenciasm y sólo ésas lo discernirán; lo que se escribe con el corazón, llega a los corazones"; se refería puntualmente a El Corán, ese dictado de Alá a su amanuense, Mahoma, que de haber dudas sobre tal, lo que importa es su carácter onírico-ético bajo el cual se maneja, indistintamente de si fue o no dictado por el Señor. La música de The Boss (como se lo ha llamado desde hace bastante tiempo) tiene esa cualidad, la del encanto, la de dejarnos absortos y retrotraernos a imágenes deliciosas de momentos que no quisiéramos se borren.

Canciones como Human touch o Brilliant disguise o Man`s job o aun la de su última producción hasta la fecha, Working on a dream, y de manera especial el single del mismo nombre, pueden ser consideradas obras maestras. Basta con oírlas, para qué abrumar al abrumado lector que escaló este Everest de vaciedades reales. De sus últimos álbumes, es recomendable (aparte del antedicho Working on a dream) Magic y en especial la canción Girl`s in their summer clothes.

http://www.youtube.com/watch?v=KrV1U6qH0a4



Para película romántica, ninguna otra como Casablanca, aquella obra que marcó un cambio radical en la postura del personaje romántico por excelencia tras la actuación, dura, casi hostil, pero tierna y sensata y estricta de un Humphrey Bogart pletórico, acaso inmejorable.

La historia se sitúa en los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, y específicamente en Marruecos y su Casablanca, ciudad imparcial que funcaba como intermediario (tanto del comercio legal cuanto del mayor de los contrabandos) entre aliados y nacionalsocialistas, italianos, japoneses e incluso la partida francesa unitativa (FUP); y ahí, en medio de la urbe, un restaurante donde podían entrar partidarios o ejecutantes de cualquiera de las dos ramas distantes y discordantes de entonces, no a compartir, pero sí a "no confrontarse". Lugar, huelga decirlo, predilecto para los mayores contrabandos, de manera especial en lo concerniente a permisos de extradición, deportaciones y visas y pasaportes varios. Rick (Bogart) los maneja de aquí para allá y para acullá, sacando provecho de su posición aposicional (sí, hablando gramaticalmente).

Quizá si urgimos de una muestra real de la naturaleza estadounidense, debamos ceñirnos a esta palícula, dirigida por Michael Curtiz, quien previó un final totalmente diferente al que expuso en definitiva; final que ha marcado a generaciones (incluyendo a la mía) en la que un personaje totalemente enamorado, prefiere la paz al amor desbocado, prefiere el contrabando de pieles o la caza furtiva de leones en Camerún antes que la intranquilidad de un amor a medias. Esta característica, nada desdeñable, nos ha guiado hasta asentarnos entre un personaje que nos estereotipa (con o sin nuestra licencia para hacerlo) y nuestra vaguedad que nos tienta al despilfarro de patetismo.

Me he referido concretamente al personaje de Bogart. Es cierto que nos cautiva, no menos cierto que la belleza sobrenatural de una estéticamente correcta Ingrid Bergman nos cautiva; sin embargo, lo que la hace grande es el juego con esas dos personas, es lo que hay entre ellos, en el poco espacio que dejan para el pensamiento antiromántico.

El hedomismo me fluye (perdón por el eufemismo).



Meridiano de sangre es indudablemente la obra maestra del escritor Cormac McCarthy. Obra de la desesperación y el desencanto, adosada o quizá sujeta a un personaje tan cruel como realizable, el inefable juez Holden, elogio a la creatividad de un novelista que no teme alardear de su poder inventivo, ni de su innata cualidad destructora (en imágenes, desde luego).

La historia no es de difícil descripción. Trata sobre un peregrinaje, que toma años, por un oscuro y truculento oeste norteamericano (lo cual sirve, y mucho, para desmitificar ese paisaje del oeste vaquero que tanto nos inculcó Hollywood), aunque tal vez valdría más decir que es un lugar rojo sangre y truculento oeste estadounidense, donde gobierna, omnisapiente y omnipresente, uno de los más terribles personajes que la literatura (y la mente de los hombres, lo que quiere decir, la historia) pudo concebir, el inefable juez Holdein, un hombre altísimo, insensible -pero al punto de no necesitar evitar la sensibilidad; es decir, un hombre de una insensibilidad casi celestial, perfecta- y que en el tránsito del tiempo (que en esta novela no se calcula sino hasta el antepenúltimo capítulo) y de un lugar a otro se vuelve cada vez más poderoso, como si eso, para una divinidad omnipotente fuera posible.

McCarthy, con su habitual sanguinolencia, nos presenta todo tal cual pudo haber sucedido, o mejor o peor de lo que pudo haber sucedido. Claro que se ampara en la historia para no desvirtuar la esencia narrativa, para no desmedirse ante las posibles personalidades de sus personajes, en otras palabras, para darles un matiz dignode la esquizofrenia y la paranoia de ese tiempo, del porqué no enloquecían o del porqué saciaban su sed como animales, matándose unos a otros violentamente y en escenas de terrible ansiedad.

Me he percatado que el celuloide ha usurpado ciertas imágenes de esta novela. Cine contemporáneo, como la cinta 300, de la serie cómica de idéntico nombre. Igualmente hallo reminiscencias de Meridiano de sangre en filmes de Clint Eastwood (quien extrañamente se ha convertido en director de culto, cuando su nivel cultural está en tela de juicio, aun para quienes lo cultivan) como The Unforgiven o Mistic River`s... No los detallo para no descreer del improbable lector de esta malhadada crónica.

Asimismo me resulta imposible sortear la analogía que he encontrado en Meridiano de sangre con la Odisea homérica. No en el sentido que se halla entre el Ulises de Joyce y la Odisea; más bien, una analogía con respecto a un viaje físico que termina por convertirse en un viaje al interior del hombre, al interior de un Chico que crece al punto de regresar al punto de partida, pues bien anota McCarthy al inicio de la novela: "el niño tiene más años de los que tiene, y sólo tiene once..." Es de esos viajes de lo que trata la vida, de un descubriiento raudo de sí mismo, al punto de descubrir que el viaje era el inicio de éste y que lo que fue una vez será siempre. Bíblicamente comparable, el juez Holdein es el Yahvé reconocido en el Libro de Job y algunas palabras de la Carta de San Pablo a los Corinthios o de la Sabiduría de Salomón. También es un digno hijo de los villanos shakespereanos, puntualmente Yago, el temible y bastardo Yago, y el indeseable Ricardo III, o Gloucester, que es lo mismo y es igual.

Un viaje, en fin, que como todo viaje nos lleva a entender esa sentencia sagrada, de Yo soy lo que soy. El juez Holdein, como el Niño, nunca cambiará. El juez Holdein, desde siempre, sabe que el Niño es su presa final, o viceversa. Eso el libro se los dirá.





lunes, 19 de enero de 2009

Tetragrámaton

1)
He aquí al hombre. Es flaco y su sonrisa de medio lado declara en su nombre su absoluta propensión a la risa, o quizá mejor, a querer siempre reír (un anhelo que muy profundamente sabe que no podrá cumplir), lleva una camisa de algodón fina y ajada. Aviva la lumbre de un corazón podrido de latir. Afuera hay calles oscuras entre las cuales todavía perdura uno que otro campo roturado y con jirones de páramo y si se alza la vista se puede ver bosques más oscuros que esa calles donde moran todavía los últimos venados de la zona y algún oso de anteojos. Para la inquietud de propios y extraños, su mayor anhelo es volverse pocero o, en su defecto, hacerse tallador de madera, pero en realidad es maestro. La bebida le puede, cita a poetas cuyos nombres se han perdido para siempre y muy rara vez recuerda un solo verso de alguno de ellos. El hombre, para su desgracia, se sabe avivando ese fuego. Sabe que nadie lo avivará de no ser él.




2)
Sí, felizmente existen los días, las semanas, los meses para pasarse descubriendo que el mundo es diverso, complejo, emocionante, que el mundo está lleno de alegrías y de lágrimas, que en la batalla (que es ese Infierno al cual arroja el Cielo a todos) podemos pensar en nuestros amados, aunque ya de plano a esos días no los vivamos, ni siquiera los sintamos. Algunos de esos días, o en uno de esos días, o acaso durante todos esos días, leía yo. De pronto la gana se me hizo un embrollo. Quizá comida, quizá una película, quizá algo de magia femenina...
Después, no sé por qué, sospeché que mirar una mujer era haber visto el Paraíso -para mi pesar o sosiego, tuve razón. Una mujer de verdad, de aquellas que escasean, una mujer que no sólo sea mujer, sino una mujer que también sea dama, hembra y niña, y que no se olvide, de vez en cuando, de ver a un hombre de verdad. Ejemplos de esta variedad, o acaso resulte mejor decir, de esta monstruosidad de espécimen humano, los vemos muy contados a lo largo y ancho del orbe. Más difícil es encontrar algo que lo demuestre; es decir, más difícil es conceptualizar algo tan subversivo y divino en carne propia.
Películas de verdad, que muestren a gente de verdad. Gente que moquea, que babea, a los que les duele la cabeza o que, tras golpearse el pie, sangran. Gente que necesita ira al baño, que necesita amor, que necesita amar. Ese es un ejemplo de ejemplos.







3)
Lost in translation tiene una cualidad no poco elogiable: demuestra, con pocos detalles, pero bien dosificados, lo que quiere decir "película asequible", partes de una realidad que, de ser la nuestra, podríamos vivirla. Es cierto que suena a paradoja, pero así es. Si estuviéramos en el caso tanto de Charlotte cuanto de Bob, tendríamos por lo menos la tentación de vivir lo que ellos viven por primera o última vez; aunque se la primera o la última vez. Y algunos, cuando ellas despiertan, lo viven. Tu olvido, dice Sabina, es un descuido de mi pasión.

4)
Un nombre está esculpido, no grabado, no escrito (¿quién se atrevería a decir garabateado o alguna necedad similar?) en el rostro de cada uno de nosotros. Borges lo vio en las rayas de un tigre que Bengala, que era su dilecto; Shakespeare en un cráneo preguntón; Byron en las noches de estrellas fugaces, pero en los espacios negros y vacíos que dejaban las luces y no precisamente en la luminosidad.
No son las arrugas, ni los gestos (furtivos o arbitrarios); no son las noches que nos muestran otra cara, otra cara nuestra, ni el alcohol que sirve para en el espejo encontrar un nuevo o viejo yo, o que en la resaca surte un efecto casi inmejorable para la distorisón, una distorsión, no obstante, que quizá nos muestre tal como somos.
Lo que es, es un efecto metafísico que moldea nuestra expresión, que nos torna felices o nauseabundos, que nos acoge o nos desprecia. Es ese algo innombrable que a veces se llama "ella", a veces "él", a veces "yo".

martes, 13 de enero de 2009

Ser o no ser


Sí, las respuestas son poéticas. La gente con bombín, underground, que busca en el espejo su look de Peter Pan, o en los retratos el de Dorian Gray. En el alimón, dándonos cuenta que, por mucho que se empeñe el calendario, seguimos cumpliendo menos años, que vamos haciendo a los otoños primaveras, de los sueños realidades y a las realidades la tornamos cuentos de hadas para entretener a los piratas amigos que izan con nosostros nuestras banderas blanquinegras de tibias y calaveras, y brindan nuestros rones de saludos y despedidas, jugando a que jugamos, por fin, a ser felices, sin importar lo que los otros digan, sin importar que el mundo se venga abajo, sin importar que el ventrílocuo desconocido nos convenza, con espíritu artístico, que tenemos heridas sinsentido a las que debemos sanar. ¿Qué es lo que los ciegos ven?
Este cúmulo de arbitrariedades, que casi suenan (o se leen) dadaístas, sólo explican la multitudinaria gana de vindicarme. Si se lo entiende, enhorabuena. De otro modo, que me trague mis rizos y los ripios me resbalen; cosa que saben hacer muy bien, y a veces de sobra.
To be or not to be...









jueves, 18 de diciembre de 2008

Shakespeare y su imposible influencia



La verdadera crítica es la que ríe al último, y es que la única crítica válida es la que da placer, y que de ese placer extrae razones, o por lo menos una razón. Muchos, pues, han querido reír de últimos. Tanto así, que se han tomado esa supuesta risa como una tarea exageradamente seria, ¡como si reír fuera cosa de grandes!



El afán de cualquier modesto y hasta rozaganate bufón, que pretenda sacar y dar provecho de un autor -y sobre todo si ese autor es universal; y más aún si se trata, como en mi anheloso caso, de Shakespeare, tal vez la máxima voz poética que ha dado Occidente-, debe apuntar hacia el placer de la risa final. No sé si sea la tarea del bufón reír cuando se acaben las bromas, o en todo caso enseriarse al punto de con su tez obtusa y sobreactuada provocar las ansiadas risas en su audiencia que, desde luego, de estar presente lo está para disfrutar y no para hallar carbón en las minas del rey Salomón.


"Es muy pobre el amor que puede contarse", le dice Antonio a Cleopatra en esa obra maestra del Poeta de Stratford On-Avon, cuyo título es la compartimentación entre esos dos monstruos históricos y místicos: Antonio y Cleopatra, una de las obras de Shakespeare menos conocidas en América Latina, e indudablemente una de sus mejores tragedias, de la cual me gustaría remarcar la flexibilidad, rapidez y justeza con la cual el bardo extirpa datos a la historicidad para, precisamente, a su obra volverla rápida, flexible y justa.




Luis Astrana Marín, uno de los reconocidos traductores de Shakespeare al español, coloca a Antonio y Cleopatra inmediatamente después de Hamlet, El rey Lear, Macbeth, Othello y Romeo y Julieta, a los que denomina, no sin sobrada razón (aunque me atrevería a incluir a Ricardo III en aquel zumo de ensueños): "los cinco brillantes más puros, más perennes, más inalterables de la corona del trágico sublime". Bástenos leerla...


Volvemos a la frase que le dice Antonio a Cleopatra. ¿Cuánto amor, me pregunto, podemos contar? ¿Cuánto de este amor nos ha llegado a enceguecer, a enloquecer, a retornarnos a las cavernas y, picapedrestres ya, empezar a escarbar por nuestro propio bien? Es cierto que metaforizar tanto puede crear confusión en el lector u oyente, en el amigo que trata de desenredar la trama o simplemente comprenderla. Sin embargo, la dramatización, tema del cual fue el mejor William Shakespeare, es necesaria para ampliar el panorama. Cuando amamos -entiéndase que con todo esto no quiero caer en simiedades o exhaustas "autoayudas a otros"- nos regimos a una ley superior, una ley que modifica el cosmos y que es tan poderosa que nos aplasta, que termina por constreñirnos por dentro, como un ataque viral de sueños. En esos momentos de angustia celestial, no sentimos la influencia del ser amado sobre nuestros cuerpos, por más que la vivamos, por más que evolucionemos (si así lo prefieren) o involucionemos (si así lo prefieren), por más que de verdad nos estemos forjando bajo esas normas, esculpiendo por los caprichos del objeto amado, encorvándonos, hirguiéndonos, fisicoculturizándonos, liliputizándonos, entuertándonos bajo entuertos manchegos y ganando vista en tormentas del desierto... En esos momentos podemos crear para ese objeto, pero no basándonos en ese objeto. Es decir, no excluyéndonos del mundo y tomando las reglas que ese objeto nos las ha dispuesto para nuestro proceso creativo, sino tomando las reglas que el mundo, hasta llegar al instante mismo del amor, dejó regadas por el camino y que de pedazo en pedazo las hemos ido alzando y paulatinamente, aprendiendo para enseñar.


Caso similar resulta con Shakespeare. ¡Cuán difícil es encontrar un remedador del estilo shakespeariano! ¡Tan difícil como asirse de la cola de un cometa! Es que su vertiginosidad provoca vértigo; es que su magia provoca magia, es decir, vida. Por eso es un imposible referirnos a su influencia. Freud, seguidor constante y apasionado de Shakespeare, dijo -entre sus contados aciertos- que todos partimos de un estereotipo shakesperiano, que somos, como el hombre medioeval del Sagradas Escrituras, hechos a imagen y semejanza de Yago o Desdémona, de Julio César o Laertes, y ni qué decir del dandi emigramático danés llamado Hamlet. Esto confirma la tesis de que es un dador de vida, no de intelecto. Parecido al Inventor (llámenlo J o Betsabé o el Yavista) del Libro de Job o del Evangelio de San Pablo, inimitables porque no hay cómo crear símiles, las obras del Inglés no influencian en la literatura porque, quizás, la vida las necesita más. Tal vez al mejorar, al ser orginales como él, no exista tal necesidad, y sus obras se vuelvan meros espejos y no torbellinos.

martes, 2 de diciembre de 2008

Sueños de niños


¿Cómo no encontrarse a uno mismo en esos momentos en que revisa imágenes, totalmente improvisadas, y con las cuales uno da al revisar los viejos libreros donde colocamos nuestros recuerdos para que florezcan, intentando regarlos con el transcurso del tiempo y de vez en cuando hablarles en lengua extranjera o lengua propia o incluso a veces hablarle en lenguas muertas, esperantos de ojos de prostitutas o de nuestros padres y abuelos cuando ven el horizonte, perdidos porque allí encontraron un recuerdo del cual no se quieren volver a desprender, y deshojarlas cuando tales hojas sean más maléficas que promotoras de bienaventuranzas? ¿Cómo no verlas con orgullo y nostalgia, con melancholicus morbus? Eso me ha ocurrido últimamente. He dado con imágenes que han vuelto a abrir, totalmente, mi apetencia infanto-juvenil. He recordado (¿o recobrado?, aunque no sabría decir si alguna vez los perdí) a mis queridísimos Snoopy o Astérix, a He-Man o a Robotech con su capitán Rick Hunter o Lisa Heis o la preciosa Lin Minmey y su voz celestial, recuerdos de mi infancia que ennoblecen mis días al darme a entender, a mí mismo, que el camino tomado no ha sido del todo vano ni tan entorpecido por malos ratos, baches que nos han obligado a cambiar la marcha y a veces hasta las ruedas, ni que ha surgido de la nada, sino más bien de un trabajado empeño de mis padres en hacer de mí un hombre digno, anhelante de bondades y felicidades circundantes y que reniegue de las nimiedades propias de la vida, esas cositas que nos calculan o que nos rigen o que, ya de plano, destinan malamente nuestros pasos y encurvan la línea recta y, para detrimento de la cordura, a veces enrectan las indispensables curvas. No sé si esto sea caer en puritanismos o patetismos; lo que sí sé, es que la gana por entablar una charla con uno mismo es algo que me suele suceder seguido, y con ganas lo llevo a efecto.


Mafalda -esa niña prguntona y sabia- también estuvo allí, en mi creciemiento, en mis ganas de entender o interpretar este reino del Samsara donde todo es posible aunque no todo sea permitido, donde todo es imaginable como una catacumba donde fenezcamos y que no encontremos nada más placentero que estar allí, y que allí no encontremos nuestro semblante sino el de todos: el de nadie, el del muerto. También me cautivó su forma de ser, tan enhiesta ante tanta calamidad, la de sus padres, la de sus amigos, y aún así, toda ella resistente, toda ella viviente, no tan sólo sobreviviente. La gracia infantil es necesaria en este mundo. Y habemos obstinados a seguir siendo niños. Recordemos que la felicidad son los sueños que tuvimos de niños cumplidos en la adultez. Que los niños sigan soñando y nosotros, nosotros tratemos de que sus sueños sean realidad. Ahora, me declaro niño... para que me cumplan mis sueños. Sí, capricho se llama, el de Snoopy que camina, el mío, que sueño que sueño.

martes, 18 de noviembre de 2008

Misterios que de mí hacen hombre



Libro de libros


Mariela, por mi treintavo cumpleaños, me regaló ese librito llamado “La justificación”. Nunca hubiera recaído en él; nunca me inspiró la menor curiosidad. Sin embargo, por el afecto de años que se ha criado en mí hacia Mariela, me sentí, en una tarde ociosa, con la obligación de por lo menos repasarlo para saber de qué trataba. No acarreó ninguna sorpresa notable hasta que, en la página setenta y dos, descubrí una línea que me remontó directamente a un cuento de Enrique Vila-Matas. Un tanto preocupado, di con el libro y constaté la no sólo similitud sino casi exactitud entre la idea de la una y de la otra obra. Durante todo el día procedí a un examen sistemático de la obra, persiguiendo la dispersión de los fragmentos en decenas de antologías y colecciones de textos. Así encontré cerca de trescientos cincuenta, repartidos en casi trescientos autores; tanto los célebres como los más oscuros poetas del fin del siglo veinte, y a veces incluso los prosistas (como Georges Perec o Roberto Bolaño), parecían haber hecho del libro “La justificación” la biblia de donde hubieran extraído lo mejor de sí mismos.
Atormentado, empecé la redacción de una novela, quizá en pos de demostrarme que no todos los escritores contemporáneos recaían en el mismo libro; que ése no era la centrífuga de las demás obras literarias e intelectuales del mundo: simple y llanamente, porque ninguna obra podía serlo.
Así transcurrí entre días y días. Intentando no leer nada, para no subjetivarme y escribir lo más original posible. Al cabo de tres meses de labores casi ininterrumpidas, de no ser por llamadas de la misma Mariela, invitándome almuerzos o fiestas, y yo rechazando lo posible, y trabajando arduamente para que mis energías no me tienten a los libros, acabé la obra. No supe cómo titularla. Me perseguía de un lugar a otro el nombre “La justificación”. Pero eso sería un plagio. Ahora bien, ¿no era ésa misma la naturaleza de mi novela? ¿No la había ideado para justificar un mundo que no puede girar sobre un único eje? Pues sí, me respondí. Así, además me burlaba de la obra. La intitulé, al fin y al cabo, La justificación.
¡Qué espanto! ¡Qué debacle la mía cuando, tras hacerle leer el libro a Honorato Riviere, crítico de mi confianza y amigo de verdad, me dijo que ese no era mi libro, que ese libro había sido escrito hace algunos años por un novelista japonés y que incluso el título seguía siendo el mismo! ¡Cómo decirle que lo había escrito yo! ¡Cómo decirle, ya entrado en la locura, que yo era él, que él era yo, que esa obra era todas las obras!


La condecoración

El cojo, quien además era miope, a veces miraba el campo y se ponía a pensar en su familia. A veces creía que la familia está para ser desaparecida, como en una especie de reto para el más brillante de los descendientes: lo que el mejor tiene que hacer es opacar a los que no brillan tanto, robándoles su brillo, se decía. A veces se cruzaba por su mirada un vecino muy alto llamado Hans y recordaba a su tatarabuelo que le contaba la historia del llamado “batallón de lujo”, ese regimiento compuesto sólo de hombres que pasaban el metro ochenticinco y que fracasó en su primera y única contienda, pues resultaba sumamente fácil hacer blanco en ellos.




ANIMALITOS DE SOMBRA



Un hombre tiene muchos rostros. No se puede ser alguien sin haber producido resultados o reacciones contradictorios. Entre mis primeros descubrimientos, que para ser honesto no han sido muchos, recuerdo una vieja calle en el centro de Cuenca, toda ella adornada de guirnaldas, por donde pasaban unos cortejos fúnebres que, para qué negarlo, en ese momento los imaginé míos; vi, en esa multitud, a mis allegados llorar por mi partida, y de alguna oscura o atroz manera, me alegré de saber que podía provocar esos sentimientos en la gente que quiero; hoy, esa calle ha sido renovada notablemente, me refiero a la Calle Larga. Acompañé a esos cortejos hasta el mismísimo cementerio donde no pude resistir las ganas de llorar. Fui el último en irme del lugar, sentándome a contemplar la tumba durante unas dos horas –aunque el tiempo, para mi recuerdo, sea tan variable como las caras de los deudos. Mi recuerdo se remonta al año 1982, cuando cursaba el Jardín de Infantes. Es extraño cómo uno cambia con el transcurso del tiempo. De entonces, hasta la universidad, no me había vuelto a ranclar de clases. ¿Quién lo diría, no? A la edad de cinco años, me rebelaba contra lo establecido, y eso que tenía unas compañeras que ni qué les cuento y que además eran tan solidarias conmigo que me permitían hurgar bajo sus faldas, sin saber, el pobre tonto que era yo, qué era lo que debía aprovechar. Pero desde entonces, y durante mi época escolar-colegial, no volví a cometer semejante atropello contra la educación, convencido como estaba que aquélla era la mejor forma de crecer. Hoy en día, con todo esto de las revoluciones y los gritos de nuestro mandamás, he terminado por convencerme de aquello. Ya cuando entré en la universidad, quiero decir, cuando perdí la cordura y la compostura y me saqué la camisa de debajo del pantalón, y aprendí a despeinarme, y rehusé las corbatas y comprendí que estar solo no es tan malo como parece; quiero decir, puntualmente, cuando empecé a leer y a interesarme por ese escabroso y húmedo mundo femenino, retomé aquella malacrianza de huir de clases, proclamando, aquí, allá y acullá, que las aulas entorpecen el entendimiento y, sobre todo, la imaginación. Además, cómo no creer eso si invertía mis tardes ociosas en leer y releer, encantado, como un aprendiz de brujo que aprende cómo volver de la ceniza a la rosa, cuentos de Borges o de Chesterton, o novelas como “El nombre de la rosa” o “Sobre héroes y tumbas” y ya después el mismísimo Quijote y a Flaubert, y me asustaba y me atormentaba y me perseguía su sombra por entre las calles y en mis sueños, al saber que alguien que había vivido sin televisión ni teléfonos celulares hubiese escrito Hamlet o El rey Lear, todo yo boquiabierto y babeante ante semejantes historias que me hacían temblar, como cuando pasaba frente a mí una mujer obnubilante… y ésa fue precisamente la razón por la cual siempre he comparado a la mujer con los libros: me provocaban (ya, ya, me dejo de cuentos: me provocan) las mismas sensaciones: escalofríos, tembladeras repentinas, a veces hasta “moquera”, tartamudeos, sudores espontáneos, ganas de gritar y huir y esconderme en una cueva o en el pico de una lejana montaña, o, ya de por sí, ganas de saltar de un puente. Llegado ese momento, cuando me he escondido en una cueva, me ha fastidiado no tener libros o mujeres que conquistar; o ya en la montaña, me han dado ganas de volver a las comodidades del hogar para contar a diestra y siniestra lo que viví o lo que dejé de vivir. Y ni qué decir cuando se me ha ocurrido aquello de saltar de un puente: primero: me ha faltado la dosis de valor necesaria para hacerlo; segundo: son tan agradables los puentes de Cuenca que pocas ganas dan de saltar. Mejor, pensaba, escribir un poema sobre ellos, imaginando que entonces una preciosa curiosa podría acercárseme y preguntarme, qué sé yo, si la vida vale la pena como para convertirse en escritor.
Pues bien, decía que el hombre tiene muchos rostros. Ya lo proclamó Shakespeare, que en su ubicuidad fue nadie, y lo remarcó Whitman, que en su canto fue todos. Yo, que no he sido nadie y que aún así sigo siendo lo que soy, he tenido unos tres o cuatro rostros. Casi todos ellos moldeados o por las letras –destino que juguetea conmigo como si no me dolieran los jalones que da a los hilos con los cuales me titiritea– o por las mujeres –como si no me doliera que cada una de ellas me descubra in fraganti y de perfil, por su locuaz y común manía de acertar.
Este tipo de autobiografías, muchas de las veces nos tientan a hablar de nosotros mismos en un tono remoto y reverencial como si habláramos de un ilustre pariente que a veces encontráramos en los velorios. Lo que pretendo, al contrario, es intimar jovialmente conmigo mismo y hasta reírme de mí. Hay muchos escritores, por ejemplo, que dicen que no hay un solo imbécil que pueda tratarlo de amigo. Pues, en cuanto a mí, supongo que hay muchos imbéciles que pueden tratarme de amigo y también muchos amigos que pueden tratarme de imbécil.
Mi primer libro, fue la Biblia. Lo leí íntegramente, cada noche, a partir de los once años. Acto que de alguna manera me prefiguraba. No he hallado nada, sin embargo las múltiples opciones que promete la literatura, y aunque sostenga que en lo que respecta a literatura todavía no hay nada escrito, nada, digo, que me conmueva más que el Libro de Job. No sé si fue Harold Bloom o la escolástica, o quizá mi propensión a elevar a las mujeres a los altares, lo que me ha convencido, a la larga, que fue ingeniada por Betsabé, esposa del rey David y madre de ese otro rey llamado Salomón.
A partir de este libro, libro de libros, en mi caso, empecé a hurgar por los distintos destinos de las letras. Abordé, encandilado, al ciego Borges, quien marcó, por mucho tiempo, mi forma narrativa y hasta mi estilo, si es que eso existe. Por él tomé la ruta de los clásicos, amándolos con denuedo, desde los libros antiquísimos de la Odisea y la Ilíada, que siempre me recuerdan una metáfora al respecto de cuando regresa Ulises y tras dar muerte a todos los pretendientes de su mujer, Penélope, ella le dice, irritada por la excitación y la rabia: ¿y bien, qué me vas a decir, por qué tardaste tanto en volver?, y el vagabundo Ulises, no sin antes llenarla de besos para calmarla, se inventa la Ilíada y la Odisea.
Pues bien, así empezó mi recorrido por las letras, muchas veces hipertrofiado y otras simplificado por la irresponsable reducción del mundo. Escribí cuentos e intenté poemas, que no han pasado del intento. Luego, me arriesgué y publiqué un par de novelas, de las cuales, no lo voy a negar, me siento bastante contento, a pesar de muchas veces, por mí o por otros, dudar de ellas y hasta pretender renegarlas.
¿Por qué escribí, de una vez y para todas? Ésta es la verdad. La verdad verdadera, esa que no he contado nunca y que bien habría querido narrar alguna vez. Tal vez no la he contado porque no es original y porque sé que se parece a una historia de Umberto Eco. Fue un atardecer de gran ternura. Entraba la noche, delante de lo que se avizoraba como el último whisky en la oscuridad de mi bar favorito, el más acogedor de todos, sentí que esa mujer, a mi lado, esperaba algo de mí para decir “qué bonito”. Lo sabía, pero callé. Salimos, bajamos hasta las riberas del Tomebamba y en el curso de un paseo a orillas de ese curso de agua, supe que ella no esperaba nada más que un hermoso relato, porque al acabar de contarle que muchas sombras de los difuntos se dedican a lamer las aguas del río de los muertos, porque éste viene de donde estamos nosotros y aún tiene el sabor salado de nuestros mares y del llanto que dejan caer en él los enamorados, y que el río se resiste, le dije, de asco, y fluye en sentido contrario y en sus ondas arrastra a los muertos a la vida; decía que al acabar de contarle esa historia oí el ansiado “qué bonito” y sentí su mano al coger la mía. A partir de ese momento, supe que estaba tentado por las historias, que me sentía satisfecho con la imaginería mundanal, y que ver el mundo con los ojos propios, o sea estos ojos de un picapedrestre buscador de diamantes incrustados en las piedras, era lo que quería, era lo que me apasionaba.
Y para no aburrirles más, no hablaré sobre las influencias, sobre todo las que han marcado las de los últimos libros que son años. No hablaré de Georges Perec, sobre todo acerca de ese puzzle que quiso que fuera un libro, y que lo logró, titulado “La vida, instrucciones de uso”, que trata sobre una planificación perfecta de asesinato, ni de “Mientras agonizo”, la que, en mi humilde y limitada opinión, es la mejor novela estadounidense del siglo XX, escrita por William Faulkner, cuyo tema central es la muerte de la madre de una numerosa, aunque en ese tiempo usual, familia sureña. Una obra que sabe cómo conmover hasta al más reacio de los lectores, hasta al más sesudo de los críticos, hasta al más insensible de los sensibleros. No creo que convenga que me refiera, ni siquiera un momento, a la omnipresencia, que cada vez se ratifica más, de las obras shakesperianas, que nos enseñan que no somos otra cosa que juguetes del destino, o del cariño infinito hacia Chesterton, mi polígrafo por excelencia. No vale, asimismo, decir cuánto quiero a un Bob Dylan o a un Joaquín Sabina, hablar de sus letras, usurpando un neologismo joyceano, siniestrogíricas, porque resulta, al hacerlo, un poco kitsch. En estas intensidades, cuando uno trata de desnudar el alma, o mejor será decir desanudarla, abundan las interpretaciones que de nosotros mismos, o de las diferentes versiones que se van sucediendo día tras día, podemos identificar. No son injustas, ni las propias, menos las ajenas, pero tampoco son necesarias. Lo que podríamos metaforizar en forma de pregunta, es si ¿en esto de competir contra uno mismo, el mejor papel a adoptar sería el de Aquiles o el de la tortuga?
Perdón por la suma de peroratas.
Y para no aburrirles más, en una suerte de manifiesto diré por qué sigo escribiendo, a pesar de que hoy por hoy no haya mujer alguna que me guíe por los ríos de la muerte (y conste que no me estoy haciendo cuña publicitaria…). No escribo en espera de que las cosas contaminen lo que intento ni de que las palabras descontaminen mi vida: ni por las aguas altas que inundan lo que busco y lo esconden, ni por las arduas literaturas de todos los tiempos, que son mi dilecto, ni por helenismo ni por mitología ni por estoicismo, ni por una mujer establecida (aunque ellas así lo crean). No escribo en pos de ti ni para que me esperes en andén alguno. Tampoco lo hago por esas chicas que en la playa me sonríen en sus shorts, reclinando las cabezas para ver diferente la realidad que sus hambrientos ojos no pueden distorsionar, o por los viejos barquitos de papel en los que se hundieron algunos de mis sueños. No podría escribir por mi familia, no dependen de las letras para ser felices. Ni siquiera escribo por el mero encanto de saber que alguien escribió ya la historia del ser con los pies al revés y que así distrae a sus perseguidores, porque ellos buscan de donde partió y no a donde llegó. No escribo por el Ulysses de Joyce o el Museo de la Novela de la Eterna de Macedonio. Ni por Mallarmé ni por Keats. No escribo por tanto “canalla” que acomoda mis noches a sus requerimientos de bohemia y malas compañías, de mujeres placenteras y antros entrañables. No escribo para no desnaturalizarme y no convertirme en un psicópata o en violador de niñas. No escribo por la vaciedad del mundo o la simiedad de muchos vecinos. No escribo por los besos no recibidos o la música que me los robó; menos aun por ti, invisible y sapiente lector. Escribo, hedonista, lo que ya no cabe en mi mano y que de ella quiere desprenderse, y que por eso me la retuerce desde adentro y me la acalambra como una artrosis; esta mano que quiere engañarse al ocuparse de otros menesteres como dibujar animalitos de sombra o acariciar rostros delicados, sostenerme a las paredes que impiden mis caídas y brindar alzando las copas que al cabo las provocan; o contar a aquellas personas impresentables que se hacen llamar mis amigos sin saber lo que hacen, o aguantar a ese cielo que parecería quererse caer y promover infiernos y que, al final, no sabe cómo descontentarse de ser lo que es.
Ahora bien, todo esto puede ser una mentira. La mentira es necesaria, indispensable en la creación literaria. ¿Quién puede creer los cuentos que yo cuento? El narrador busca, siempre, puntos de apoyo, y no hay nada que sirva más o mejor que una imaginación ilimitada que franquee las puertas de la realidad pero diciéndola como un conjuro de protección mientras pasa sus umbrales.
“En la medida que creamos al personaje se puede decir hacia donde va”, pregonaba Juan Rulfo. Esto lo traduzco como la más atinada respuesta a las interrogantes ¿en qué me baso al escribir?, ¿qué me impulsa a hacerlo? Y esa respuesta es: la gana de saber qué les sucederá a cada uno de mis personajes, y quizá, a la postre, a mí mismo. En resumen: para escribir, me siento a escribir.
No obstante, no quiero con esto caer en el espantoso ateísmo, aún en la literatura, lo que viene a ser algo así como ateísmo laico, de decir que escribo por o para mí mismo. No, escribo por el Lector Futuro, ése que descifrará mis signos, y escribo y leo, a veces mucho, para no entristecerme cada vez que acabo de escribir y de leer.

Cuenca, viernes 28 de noviembre de 2008

sábado, 15 de noviembre de 2008

La raza extinta


Me place transcribir, a continuación, un texto crítico a manera de epístola que el escritor, crítico y catedrático Oswaldo Encalada, tuvo la gentileza de transimitirme, sobre mi última novela, La raza extinta. Lo hago por la sensación de estímulo que la misma me provoca, y porque me une al estimado Doctor Encalada más que el "simple" afán literario. Además, conviene decir que estos pequeños detalles, que son grandes manifestaciones, nos dan alas para continuar en la lucha contra uno mismo. Y ni qué decir acerca de la reivindicación que provoca, como ciertas críticas (que prefiero omitirlas para precisamente no alardear) que, igual a ésta, han venido de la mano de la seguridad y la entereza. Espero, sin embargo, no pecar de vanagloria al hacerlo, o simplemente caer en esquemas snob nada apetecibles; de ser así, pues, pues, pues que me incendie espontáneamente, merecidamente:


Estimado Carlos:

He leído su interesante y atrapadora novela, y estas son mis opiniones:
LA RAZA EXTINTA es una novela densa, morosa, detallista, donde no hay espacio para el silencio. La palabra lo cubre todo, cada lugar del mundo creado está lleno de palabras, en una especie de crecimiento que, al parecer, podría volverse imparable.
El tema es la muerte, ¿asesinato?, ¿suicidio?, de Víctor Reiter y María Loyola Ríos. A cada paso la perplejidad del lector crece porque se atan los cabos sueltos más insospechados y el relato se explaya en cada vericueto posible, quizá para despistar al lector y dificultar la investigación.
La novela abre frentes de batalla -frentes de escritura- a cada momento y aparentemente deja en olvido lo sustancial, lo cual es una técnica del narrador, para dilatarnos más la solución y distraernos del objetivo principal: el conocimiento del culpable.
La voz del narrador se mueve en múltiples planos que fugazmente adquieren preponderancia, para luego hundirse en el anonimato.
LA RAZA EXTINTA es una novela muy original, de naturaleza policíaca, contada por un narrador conocedor de las técnicas, y gran lector, además. La imaginación prima en cada página; pero sobre todo brilla y se desborda -la novela es un continente que no alcanza contenerla realmente- sobre todo en ese alarde de fantasía que son las "gacetillas".
Carlos Vásconez es un narrador que cada día progresa y cada vez ofrece frutos más refinados, como es precisamente el caso de esta novela.

Oswaldo Encalada Vásquez